¿Por qué nos gustan las películas de terror?

Por qué nos gustan las películas de terror

Seguro que en más de una ocasión te has preguntado por qué nos gustan las películas de terror. A priori parece algo ilógico, teniendo en cuenta que las sensaciones vinculadas con el miedo nada tienen que ver con el placer, sino más bien todo lo contrario.

El miedo es una respuesta fisiológica del organismo que aparece cuando nos vemos amenazados por algún tipo de peligro. Así que, ¿la razón por la que nos gustan las películas de terror está relacionada con el sadismo o la falta de empatía? Parece que no.

La razón que explica por qué nos gustan las películas de terror

Las películas de terror, al igual que las de cualquier otro género, tienen una trama y unos personajes. Los guionistas trabajan los personajes para que nosotros como espectadores nos pongamos en su lugar y empaticemos con ellos. Así, en todas las historias hay personajes buenos y malos.

Nos bastan unas pocas escenas para saber quién es el malo y quién es el bueno, adjudicando los papeles a los diferentes personajes y creando en nuestra mente una serie de expectativas sobre lo que ocurrirá.

En los filmes de terror tenemos muy claro que a los personajes que consideramos como «buenos» empezarán a sucederles diferentes desgracias. Por lo tanto, es muy fácil empatizar con ellos.

Por lo tanto, la atracción que sentimos hacia estas películas se da por la resolución. A medida que avanza la trama nos vamos generando expectativas sobre cómo debe finalizar la historia de cada personaje. Y, cuando la vemos resuelta, sea en el sentido positivo o negativo, sentimos placer.

Pero, ¿y si a la chica buena le pasan cosas malas? La teoría de la transferencia de la activación señala que cuando ocurren sucesos contrarios a nuestras expectativas, se va generando en nosotros lo que se conoce como malestar empático. Reaccionamos ante la angustia de la contrariedad que caracteriza a las películas de terror: queremos que pasen cosas buenas, pero sólo suceden malas.

Poco a poco, aunque tengamos la esperanza de que vaya a acabar bien, nos acostumbramos a que continuamente ocurran desgracias. Por lo tanto, al final vemos nuestras expectativas cumplidas, y lo disfrutamos más porque queríamos que ocurriera justo lo contrario.

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